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Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón

Inauguración del IV Parlamento Rural Europeo

08/11/2019

Esta es la primera vez que el Parlamento Rural Europeo y el Parlamento Rural Europeo de la Juventud se reúnen en España. Les agradezco que nos honren con esta decisión y les aseguro que no se arrepentirán, porque han elegido un excelente puerto de atraque: ni Candás ni Asturias les van a defraudar.

Como presidente del Principado, tengo el honor de darles la bienvenida. Les deseo una buena estancia en nuestra tierra y confío en que sus trabajos sean fructíferos. Sobre todo, espero que consigan hacerse oír, porque ese es uno de los objetivos principales de esta reunión: servir de altavoz a las zonas rurales, que sus necesidades y propuestas sean escuchadas y tenidas en cuenta como merecen. Que el silencio, que es la palabra del olvido, no sea el sonido del campo europeo.

Este encuentro es importante por varias razones –por el elevado número de regiones y países representados, por los asuntos que se tratarán, por el esfuerzo de cooperación-, pero ocurre además que se celebra en un momento de especial trascendencia, en el parteaguas de un nuevo modelo de desarrollo en el que ustedes tienen mucho que aportar. Intentaré explicarles brevemente en qué me apoyo para sostener esta afirmación.

En diciembre, Madrid será la sede de la Conferencia sobre Cambio Climático de Naciones Unidas. Será un acontecimiento relevante porque nunca como hasta ahora se había asumido tanta conciencia colectiva sobre la urgencia de frenar el calentamiento global. Por lo mismo, por ese apremio compartido, en especial por las generaciones más jóvenes, sus conclusiones y compromisos serán evaluados al detalle. Millones de personas anhelan que la cumbre del clima no las defraude.

En Asturias abordamos este asunto con frecuencia. Como somos una comunidad con una fuerte tradición industrial, estamos atentos a las consecuencias que la transición ecológica conllevará sobre nuestras empresas, en qué medida serán capaces de adaptarse y consolidarse ante un cambio que se prevé rápido e inexorable. Hablamos mucho, casi a diario, del mercado de dióxido de carbono, del coste de la energía y de empresas electrointensivas.

No se inquieten, que no voy a explayarme sobre los problemas industriales. Lo que pretendo decirles es que a estas alturas, al menos en las capas más informadas y movilizadas de la sociedad –esas que encarna la protesta juvenil de Greta Thunberg-, ya existe conciencia de que estamos abocados a un nuevo orden económico. Algunos defendemos que vaya asociado a un new green deal que promueva la hegemonía de las energías renovables, la eficiencia energética y la lucha contra la contaminación, entre otros requisitos para lograr un mundo más sostenible.

Vivimos, por lo tanto, un tiempo de cambio, de un cambio crucial, y, como todos los episodios de este tipo, se presenta arriesgado y estimulante. Ahora, déjenme compartir con ustedes unas preguntas. ¿Se pueden diseñar todos esos objetivos de espaldas al medio rural? ¿Qué papel le corresponde en ese new green deal que propugnamos?

Personalmente, no albergo dudas: ha de tener un papel angular en esa concepción que ya casi vislumbramos. ¿De qué hablo, en concreto? Pues, entre otras cuestiones, de los modelos de explotación agraria y ganadera, de la limitación de las emisiones de metano, de la importancia de la biodiversidad y los recursos naturales para absorber CO2 o de las formas viables de poblamiento. Todos, asuntos básicos para el medio rural y para nuestro propio porvenir como especie.

Estoy diciendo que si las consecuencias del calentamiento afectan de lleno al campo –aumento de la aridez y la erosión, producciones más vulnerables por fenómenos meteorológicos extremos y otros riesgos- también hemos de contar de lleno con el mundo rural para combatir el cambio climático y crear otro sistema de crecimiento.

Es imprescindible que Europa escuche hoy al mundo rural. El camino hacia el equilibrio entre crecimiento y protección del planeta no puede explorarse con oídos sordos a agricultores, ganaderos, pescadores y habitantes de aldeas, pueblos y villas. Volvemos los ojos a las industrias porque habrán de cambiar a corto plazo su modelo de producción, nos fijamos en las ciudades porque se imponen otros hábitos de transporte o se restringen áreas al tráfico… De acuerdo, todo eso es importante, pero no nos olvidemos que la ecuación del cambio climático no se soluciona sin incluir la variable del medio rural. No caigamos en el error de pensar un paradigma económico sin las zonas rurales.

Por eso, reitero, es tan relevante que ustedes se hagan oír. Que los gobernantes entendamos –y hagamos entender- que el destino del medio rural no es quedar reducido a un parque temático, un territorio para fines de semana en perpetuo invierno demográfico, sino recuperar su condición de espacio de oportunidades, donde es posible promover iniciativas emergentes y cuyo concurso es imprescindible para asegurar la sostenibilidad.

Hay experiencias que nos indican cuál es el rumbo adecuado. En nuestro caso, por hablarles de Asturias, sobresale la Red de Desarrollo Rural, que agrupa once grupos de acción local. Destacan iniciativas pioneras como el ticket del emprendedor rural, concebida para impulsar la diversificación, crear empleo y fijar población. Recuerdo, a propósito, que mi gobierno está dispuesto a aumentar un 40% la dotación del ticket, ahora fijada en 25.000 euros.

También estamos decididos a promover el relevo generacional, una prioridad esencial. Para demostrarlo, nuestro gobierno ha propuesto una modificación del Programa de Desarrollo Rural para incrementar la ayuda de incorporación de jóvenes al campo desde los 50.000 euros actuales hasta un máximo de 75.000. Acompañaremos estas ayudas con planes de capacitación y formación que faciliten el éxito de los proyectos. Lo subrayo con toda la ambición: queremos que jóvenes y campo puedan ir de la mano, sin estar condenados a extrañarse.

Y, por supuesto, en este contexto hay que entender la Política Agraria Común. Nosotros, me refiero al Gobierno de Asturias, reclamaremos que cuente con presupuesto suficiente para apoyar la renta de agricultores y ganaderos y generar empleo y actividad. También propondremos que se apliquen mecanismos de discriminación positiva para zonas de montaña y pequeñas explotaciones.

En este punto, permítanme que presuma: nuestras explotaciones familiares, además de formar parte de la identidad cultural y económica del Principado, contribuyen a conservar el hábitat y atenuar el cambio climático. Lejos de ser un problema, constituyen grandes sumideros efectivos de CO2. Son un ejemplo de sostenibilidad, respeto a la biodiversidad y creación de paisaje (de hecho, los pastores han sido, siguen siéndolo, los grandes jardineros del hermoso paisaje asturiano). Por eso mismo, queremos aprovechar la modificación del PDR para reforzar los pagos medioambientales.

De todas estas cuestiones, concluyo, tendrán que hablar ustedes estos días. De problemas comunes, como el envejecimiento y la pérdida de población, y de peticiones compartidas, como el desarrollo de la banda ancha para que el medio rural no quede marginado de las nuevas infraestructuras de comunicación.

Háganlo. Debatan y acuerden libremente, que están en su casa. Yo, como les dije al principio, deseo que se hagan oír. Que desde Candás se escuche su voz, potente y cargada de razones, para que el futuro de Europa no se diseñe a espaldas del mundo rural.

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