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Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández

Presentación del Gran Telescopio para Rastreos Sinópticos (LSST)

14/05/2018

El día que Asturias asaltó el cielo empezó en Avilés, cuando Asturfeito obtuvo el contrato para construir el mayor telescopio del mundo. No hace siquiera un lustro. Yo, que desde luego no estoy ante un pelotón de fusilamiento, aún recuerdo la tarde no tan lejana en la que Belarmino Feito me llevó a descubrir el telescopio.

De eso hablamos en esta visita: de asaltar los cielos. Toda una proclama revolucionaria, como suena: no se trata de tomar una cárcel (La Bastilla), ni siquiera un palacio (el de Invierno), sino las mismísimas galaxias. Como estamos en un mayo que conmemora el medio siglo de la primavera de París de 1968, podemos permitirnos recurrir a este tipo de consignas, entre la poesía y la utopía.

No vengo a comentar el mayo de 1968, sino la proeza tecnológica de esta empresa. Voy explicándome. Según algunas interpretaciones, la expresión “asaltar los cielos” fue acuñada por Carlos Marx en una carta que escribió a propósito de los acontecimientos de la Comuna de París de 1871. El pensador revolucionario elogiaba a los intrépidos parisinos, “prestos a asaltar el cielo”. No es la única hipótesis. Hay al menos otra que remonta el origen muchos siglos atrás, a los relatos de la mitología griega, cuando los titanes se atrevieron a guerrear contra habitantes del Olimpo; es decir, tuvieron la osadía de asaltar la morada de los dioses.

Las dos vienen al caso. Por un lado, estamos ante un ingenio revolucionario, capaz de escrutar las arrugas del firmamento, de fotografiar con una precisión prodigiosa la bóveda celeste. Por otra, nos encontramos ante una obra para titanes, tanto por sus características -375 toneladas, 16 metros de diámetro, más de doce de altura- como por el desafío que implica su realización. Por lo tanto, nos encontramos ante un logro empresarial revolucionario y titánico. Los adjetivos pueden sonar exagerados, pero conviene enfatizar las noticias positivas para que no pasen de puntillas.

Desmontado, el armazón del telescopio será transportado por mar para posteriormente ser instalado en Cerro Pachón, en Chile, a 2.600 metros de altitud. Cuando empiece a funcionar, con sus lentes, con esa cámara de 3.200 megapíxeles y tres toneladas, se observarán muchas cosas, detalles lejanísimos del cosmos. Para esa tarea de exploración científica está siendo construido. No obstante, a mí me gustaría también, y no es una consigna utópica, que desde lo más alto de ese telescopio se divisara y reconociese el esfuerzo de esta empresa, el esfuerzo de Astufeito.

Lo deseo porque la buena realidad de algunas, de muchas de nuestras empresas, permanece demasiado a menudo ajena a la vista, en la cara oculta de las cosas, y es necesario que salga a la luz. Otros presidentes del Principado lo intentaron antes que yo y nunca fueron capaces de disipar por completo los jirones de pesimismo que envuelven nuestra comunidad autónoma desde que arreció la reconversión y nos enfrentamos al desafío, también revolucionario, de transformar nuestro paisaje socioeconómico, cuando dejamos de ser el solar de la gran empresa pública a costa de una alta pérdida de empleos.

Sostengo, como ya sabéis quienes habéis tenido que soportar algunas de mis intervenciones, que Asturias no sólo logró cambiar su modelo productivo, sino que está consiguiendo superar dos fortísimas crisis: en las dos últimas décadas del siglo XX, el ajuste industrial que acabo de citar, sin parangón en ninguna otra comunidad autónoma, y ahora, en el XXI, la recesión más fuerte del capitalismo desde el crack del 29. Pues pese a ese golpeo casi consecutivo, Asturias ha logrado engancharse con fuerza a la recuperación económica. A la vista de los cálculos de crecimiento del Instituto Nacional de Estadística, que dan por hechos cuatro años consecutivos de recuperación y que en 2017 nos situaron a la vanguardia de España, quienes se complacen en pregonar la decadencia se retratan como prisioneros de un relato viejo y superado, de una melancolía morbosa que sólo sirve para dañar nuestra autoestima. Que tengamos serios problemas y que queden muchas cuestiones por resolver no justifica ese persistente regodeo en el pesimismo.

Soy optimista porque, además, tengo muchas esperanzas en el empresariado asturiano. Lo subrayo. A la vista está que es una esperanza justificada, con ejemplos como el que nos reúne aquí. Por cierto que si queremos buscar otras muestras, no hace falta salir de Avilés. En esta ciudad hay una densidad industrial de primer orden, de compañías cuya potencia tecnológica y capacidad para competir en el mercado global está acreditada. Tengo que preguntarle a la alcaldesa, aquí presente, si estamos ante una nueva edad dorada para la industria avilesina. Perdón por la digresión. Prosigo con la reflexión anterior: ese empresariado moderno, sólido y preparado es uno de nuestros mejores embajadores. En buena medida, son ellos –sois vosotros, si me lo permitís- quienes más estáis haciendo para multiplicar la confianza en Asturias y para despojarnos de una vez de ese discurso lastimero que aún se hace oír de cuando en cuando. Espero, e intuyo que no me equivocaré, que el empuje empresarial será un factor esencial en la construcción de la Asturias del futuro, capaz de afrontar las mayores exigencias de competitividad y capacidad.

Un objetivo al que el Gobierno del Principado, lógicamente, debe cooperar. Ciertamente, a todos nos gustaría que algunas cuestiones se despachasen con mayor rapidez, pero os aseguro que no es una cuestión de falta de voluntad, sino del ajuste del complicado reloj de la Administración, con sus resortes de burocracia. Me refiero a medidas como la inclusión de cláusulas sociales, medioambientales y éticas en la contratación pública. Este mismo mes, el Consejo de Gobierno aprobó unas instrucciones y una guía práctica que tiene por finalidad favorecer la competencia en pie de igualdad de las empresas asturianas. La consejería de Empleo, Industria y Turismo ha trabajado con tesón en estos cambios, que todos deseamos que reviertan pronto en el fomento de la actividad empresarial.

Soy consciente de que las invitaciones al optimismo suscitan recelo. Algunos, al escucharme, pensaréis: “ya está este vendiéndonos la moto”. La verdad es que, quizá por una torpeza natural para los efectos propagandísticos, nunca he querido negar ni azucarar la realidad. Cuando las cosas están mal sé reconocerlo y jamás me he distinguido por andar pegándole rataplanes al tambor del autobombo. Y, además, tampoco tengo un sentido patrimonial de las buenas noticias. Cuando un estudio subraya la valoración ciudadana del sistema sanitario, o constata el alza del índice de producción industrial, o acredita los resultados del modelo educativo, no se me ocurre pensar que es un mérito personal. Allá otros si quieren cargarse de medallas la pechera, yo no estoy para andar con sobrepesos a estas alturas. Esos méritos son colectivos, de una sociedad entera que no tiene miedo ante los desafíos que van surgiendo y que está segura de sus propias fuerzas.

Y, además, pensémoslo bien, qué ridículo sería ese temor. Cómo vamos a tener miedo cuando estamos aquí, en Asturfeito, preparados y dispuestos, ya en la cuenta atrás para asaltar los cielos con el mayor telescopio del mundo. 

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