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Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández

Acto de inauguración del proyecto Ibias, Lenguas y Culturas 2018

13/03/2018

Érase una vez un niño extasiado en un supermercado en Francia. Ante su estatura infantil se alzaban decenas de mostradores relucientes atiborrados de quesos, chocolates, botellas… Todos esos alimentos que os podéis imaginar con envoltorios y etiquetas de colores, iluminados con la luz blanca de los comercios.

No penséis que ese niño se había perdido en un gigantesco hipermercado. Tampoco en uno de esos lugares enormes donde hay tiendas, cafeterías y cines que se llaman centros comerciales. Pensad en un supermercado normal, normal y corriente.

El niño, de unos seis o siete años, nunca había visto nada parecido. Estaba acostumbrado a que su madre le mandara a hacer recados a las tiendas de Requejo, un barrio de Mieres, unos lugares donde se compraba desde pimentón hasta velas para cuando faltaba la luz. En aquellos colmados (colmados quiere decir tiendas) los comerciantes echaban las cuentas a bolígrafo sobre el mismo papel de estraza con el que luego envolvían la compra. Si pegabas la nariz a la cristalera del escaparate, lo que veías eran embutidos, manzanas, bacalao, pimientos y unas cajas redondas de madera con sardinas saladas (salonas, las llamaban).

La cara de sorpresa del niño estaba justificada. Un supermercado de la cadena Monoprix, con su despliegue de estanterías, era muy distinto de una tienda de Mieres.

Aún no os he dicho dónde estaba el pequeño. Todo esto ocurrió en Belfort, una ciudad francesa situada cerca de Alemania y Suiza. Ocurrió en torno a 1955. El siglo pasado, unos 64 años atrás.

¿Sabéis lo que pasaba? Pues que en aquel tiempo en Francia se veían cosas casi impensables en España. Para llegar a Belfort había que viajar muchas horas; tantas, que cuando por fin bajabas del tren parecía que habías cruzado una barrera invisible y habías entrado en un tiempo distinto.

Un tiempo distinto de un lugar distinto donde las monjas conducían motocicletas mobylettes y dos caballos, unos coches pequeños con forma de escarabajo.

En España era raro que una mujer condujera. Que esa mujer fuese una monja, con su hábito, una extravagancia, una cosa rarísima.

Aquel era otro lugar, sin duda. Era un país tan distinto que a las mujeres que fregaban las escaleras todo el mundo las saludaba con educación y les decía: bonjour, madame. Supongo que lo sabéis: madame quiere decir señora.

Extrañaos más aún. Era tan diferente a España que hasta había periódicos donde se criticaba la dictadura española. Incluso se atrevían a publicar chistes donde se dibujaba a Franco, que era el dictador.

A mí, que era aquel niño, viajar a Francia me ayudó a entender que había otro mundo y que, muy probablemente, era mejor que mi pequeño mundo conocido. Lo llamábamos Europa, y queríamos que Europa viniese, entrase de lleno en España.

También empecé a hablar francés. Ya sabéis, ese idioma agudo en el que se pronuncia mal la erre –mal para nosotros, claro-; ese idioma que incluye palabras como liberté, egalité y fraternité.

A ese país le dedicáis este año Ibias, lenguas y culturas 2018, un proyecto por el que ya en la primera edición merecisteis el primer premio nacional Sello Europeo de las Lenguas.

Quiero felicitaros por vuestra iniciativa. Hace bastantes años que estoy al tanto de las actividades de este centro, del colegio Aurelio Menéndez, y creo que no exagero si digo que está a la vanguardia en Asturias en actividades culturales. Os doy la enhorabuena.

Os conté mi experiencia personal, mi primer viaje a Francia, porque tiene bastante que ver con los objetivos de este proyecto, con esa necesidad tan humana de aprender a convivir con los otros, esos otros que hablan otras lenguas, tienen otras culturas y otro color de piel.

Veréis, hay muchas maneras de viajar. Vosotros podéis viajar leyendo un cómic o una novela de aventuras o un libro de historia. También se puede viajar a lugares extraordinarios viendo una película o navegando en Internet. Incluso se puede viajar cerrando los ojos, embarcando con la imaginación desbocada y sin rumbo hacia un destino no conocido.

Yo os aconsejo que utilicéis todas esas maneras de viajar. Pero hay otras dos formas de conocer el mundo que son imprescindibles. Esas también debéis practicarlas. Una consiste en hablar otro idioma.

En francés, por ejemplo, podréis leer:

“Ce n'était qu'un renard semblable à cent mille autres. Mais j'en ai fait mon ami, et il est maintenant unique au monde”.

Lo que acabo de deciros es una frase de un pequeño libro que os van a citar con frecuencia. Se llama Le petit prince. En español se titula El Principito, y la frase que os acabo de decir significa lo siguiente:

“No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo”.

¿A que es bonita? Pues os aseguro que en francés es incluso más bonita. Porque aunque los traductores se esfuerzan en que las palabras signifiquen lo mismo, cada idioma tiene una vida propia, un espíritu que es intraducible.

Os pongo otro ejemplo, de un señor que fue premio Nobel y se llamó Albert Camus.

“Il y a seulement de la malchance à n'être pas aimé; il y a du malheur à ne point aimer”

A este escritor tardaréis en leerlo. Cuando lo hagáis, si podéis, hacedlo también en francés. Comprobaréis que también es imposible traducirlo por completo. Esa cita que acabo de utilizar quiere decir:

“No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”.

Os prometo que ya voy terminando. Con estas frases quería daros a entender que hablar otro idioma es un gran viaje, una excepcional manera de conocer, de entrar en otra cultura.

Pero hay otra forma imprescindible de viajar. Esta ya no a través de los libros, ni del cine, ni del ordenador, ni del estudio. Consiste en visitar realmente otros lugares, y no hay nada que lo sustituya. También os animo a hacerlo siempre que podáis.

A mí, hace muchos años, el trabajo me acercó a menudo a Ibias. Me dedicaba a una tarea que se llama policía minera: tenía que comprobar que las minas, los lugares donde se trabajaba para sacar carbón, funcionaran bien, de acuerdo con la ley. Anduve por Tormaleo y por prácticamente todas las explotaciones cercanas, muchas ya cerradas.

Por eso entiendo tan bien qué supuso para este municipio, para toda esta comarca, la minería. Por eso, creedme, comprendo tan bien la incertidumbre, la necesidad apremiante de buscar alternativas vigorosas para mantener la actividad económica. Ése es uno de los objetivos más importantes que tenemos para este año.

Y por eso, concluyo, os agradezco tanto iniciativas como el proyecto Ibias, lenguas y culturas que estamos inaugurando. Estoy convencido de que Aurelio Menéndez, recientemente fallecido, volvería a sentirse hoy orgulloso de todos vosotros. Ni su bonhomía ni su inteligencia le permitirían quedarse al margen del reconocimiento que merecéis quienes, año tras año, demostráis que Ibias ha sabido convertir un rincón de Asturias en una gran ventana abierta al mundo. Enhorabuena a vosotros y a todos los colegios –los hay de Extremadura, Galicia, Castilla y León y Asturias- que participan en esta fiesta de las lenguas.  

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